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Peste Negra

07-05-2013

Mapa de la peste negra
Acuarela de Munro Scott Orr que muestra la distribución de la peste negra en el mundo.

LA MAYOR EPIDEMIA SUFRIDA EN EUROPA

A mediados del siglo XIV, entre 1346 y 1347, estalló la mayor epidemia de peste de la historia de Europa, tan sólo comparable con la que asoló el continente en tiempos del emperador Justiniano (siglos VI-VII). Desde entonces la peste negra se convirtió en una inseparable compañera de viaje de la población europea, hasta su último brote a principios del siglo XVIII. Sin embargo, el mal jamás se volvió a manifestar con la misma virulencia de 1346-1353.
Por aquel entonces había otras enfermedades endémicas que azotaban constantemente a la población, como la disentería, la gripe, el sarampión y la lepra, la más temida. Pero la peste tuvo un impacto pavoroso: por un lado, era un huésped inesperado, desconocido y fatal, del cual se ignoraba tanto su origen como su terapia; por otro lado, afectaba a todos, sin distinguir apenas entre pobres y ricos.
Aunque el número de víctimas varió desde un quinto de la población en algunos lugares hasta la exterminación en otros, los investigadores modernos han llegado a aceptar como estimación más aproximada la cifra que dio Jean Froissart (uno de los más importantes cronistas de la Francia Medieval) en su crónica: aproximadamente un tercio de la población de aquella época.

EL ORIGEN DE LA PESTE

Supuestamente surgida en algún lugar del Asia Central, la peste se extendió hasta el Mar Negro, y fue introducida en Europa a través de Italia por los barcos genoveses y venecianos que venían de dicho mar. La rata negra, buena pasajera de los barcos, la extendió a lo largo de las costas y ríos navegables por toda Europa. Así, la peste se extendió desde Italia por Europa afectando a Francia, España, Inglaterra y Bretaña, Alemania, Hungría, Escandinavia y finalmente el noroeste de Rusia.
Sobre el origen de la enfermedad, circulaban en la Edad Media explicaciones muy diversas. Algunas, heredadas de la medicina clásica griega, atribuían el mal a los miasmas, es decir, a la corrupción del aire provocada por la emanación de materia orgánica en descomposición, la cual se transmitía al cuerpo humano a través de la respiración o por contacto con la piel. Hubo quienes imaginaron que la peste podía tener un origen astrológico –ya fuese la conjunción de determinados planetas, los eclipses o bien el paso de cometas– o bien geológico, como producto de erupciones volcánicas y movimientos sísmicos que liberaban gases y efluvios tóxicos. Todos estos hechos se consideraban fenómenos sobrenaturales achacables a la cólera divina por los pecados de la humanidad.
Únicamente en el siglo XIX se superó la idea de un origen sobrenatural de la peste. El resurgir del temor a un posible contagio a escala planetaria de la epidemia, que entonces se había extendido por amplias regiones de Asia, dio un fuerte impulso a la investigación científica, y fue así como los bacteriólogos Kitasato y Yersin, de forma independiente pero casi al unísono, descubrieron que el origen de la peste era la bacteria yersinia pestis, que afectaba a las ratas negras y a otros roedores y se transmitía a través de los parásitos que vivían en esos animales, en especial las pulgas (chenopsylla cheopis), las cuales inoculaban el bacilo a los humanos con su picadura.

LOS SÍNTOMAS Y EFECTOS DE LA ENFERMEDAD

La bacteria rondaba los hogares durante un período de entre 16 y 23 días antes de que se manifestaran los primeros síntomas de la enfermedad. Transcurrían entre tres y cinco días más hasta que se producían las primeras muertes, y tal vez una semana más hasta que la población no adquiría conciencia plena del problema en toda su dimensión. La enfermedad se manifestaba en las ingles, axilas o cuello, con la inflamación de alguno de los nódulos del sistema linfático acompañada de supuraciones y fiebres altas que provocaban en los enfermos escalofríos, rampas y delirio. El ganglio linfático inflamado recibía el nombre de bubón o carbunco, de donde proviene el término «peste bubónica». La forma de la enfermedad más corriente era la peste bubónica primaria, pero había otras variantes: la peste septicémica, en la cual el contagio pasaba a la sangre, lo que se manifestaba en forma de visibles manchas oscuras en la piel –de ahí el nombre de «muerte negra» que recibió la epidemia–, y la peste neumónica, que afectaba el aparato respiratorio y provocaba una tos expectorante que podía dar lugar al contagio a través del aire. La peste septicémica y la neumónica no dejaban supervivientes.
Los supervivientes de la epidemia del siglo XIV tenían historias de horror que contar acerca de la vida y el ambiente durante los años de la peste. El gran poeta y humanista italiano, Petrarca, que conocía esa época porque sobrevivió a la peste en Italia, cuenta que Laura, su misterioso y platónico amor, murió de la plaga en Aviñón el 6 de abril de 1348. Describió las casas vacías, los pueblos y los campos abandonados, los terrenos cubiertos por los muertos, el silencio sepulcral y vasto en todos lados. Recordó que los historiadores se quedaban silenciosos cuando alguien les pedía que describieran desastres similares, de médicos que enloquecían, de filósofos que se encogían de hombros, fruncían el entrecejo y colocaban un dedo sobre los labios silenciándolos. Y Petrarca terminó aquel relato con estas palabras sentenciosas: “¿Es posible que la posteridad pueda creer estas cosas? Porque nosotros, que las hemos vivido casi no podemos creerlas”.

CIFRAS DEL HORROR

El índice de mortalidad pudo alcanzar el 60 por ciento en el conjunto de Europa, ya como consecuencia directa de la infección, ya por los efectos indirectos de la desorganización social provocada por la enfermedad, desde las muertes por hambre hasta el fallecimiento de niños y ancianos por abandono o falta de cuidados. La Península Ibérica, por ejemplo, pudo haber pasado de seis millones de habitantes a dos o bien dos y medio, con lo que habría perecido entre el 60 y el 65 por ciento de la población. Se ha calculado que ésta fue la mortalidad en Navarra, mientras que en Cataluña se situó entre el 50 y el 70 por ciento. Más allá de los Pirineos, los datos abundan en la idea de una catástrofe demográfica. En Perpiñán fallecieron del 58 al 68 por ciento de notarios y jurisperitos; tasas parecidas afectaron al clero de Inglaterra. La Toscana, una región italiana caracterizada por su dinamismo económico, perdió entre el 50 y el 60 por ciento de la población: Siena y San Gimignano, alrededor del 60 por ciento; Prato y Bolonia algo menos, sobre el 45 por ciento, y Florencia vio como de sus 92.000 habitantes quedaban poco más de 37.000. En términos absolutos, los 80 millones de europeos quedaron reducidos a tan sólo 30 entre 1347 y 1353.

LAS CONSECUENCIAS DEMOGRÁFICAS, ECONÓMICAS Y POLÍTICAS

El término "negro" no solo se refirió a las manchas oscuras de la piel ocasionadas por dicha enfermedad, sino también al abatimiento o pavor por los efectos devastadores que esta enfermedad tenía sobre la sociedad. Las condiciones pre-existentes de guerra y hambrunas sólo exacerbaron la propagación de la enfermedad durante este tiempo. Los patrones de agricultura y comercio fueron interrumpidos por la guerra, y condiciones climáticas adversas empeoraron el ya disminuido suministro de cereales. Las poblaciones ya debilitadas por la malnutrición fueron más susceptibles a la enfermedad. La pérdida de trabajadores, debido a hambrunas y enfermedades, afectó negativamente a la economía lo que condujo a la pobreza y al crimen.
No obstante, la repentina escasez de mano de obra barata, a causa de la gran pérdida de población, proporcionó un gran incentivo para la innovación que ayudó a traer el fin de la Edad Media. Algunos argumentan que causó el Renacimiento, a pesar de que el Renacimiento ocurriera en algunas zonas (tales como Italia) antes que en otras. A causa de la despoblación, sin embargo, los europeos supervivientes llegaron a ser los mayores consumidores de carne para una civilización anterior a la agricultura industrial.
La influencia de la Iglesia disminuyó grandemente durante este periodo. Muchos se desilusionaron de la Iglesia por su inhabilidad de detener el progreso implacable de la enfermedad. La fe en Dios fue puesta a prueba duramente. . . "¿Por qué Dios no contestó y detuvo la enfermedad?" Muchos monasterios sufrieron gran mortalidad debido al hecho de que las víctimas de la enfermedad solicitaban la ayuda de los clérigos, contagiándoles de esta manera la enfermedad. Como resultado, los clérigos muertos eran reemplazados, con el tiempo, con nuevos líderes de la iglesia -- pero éstos carecían de la experiencia y dedicación de aquellos que habían fallecido.
Surgieron terribles y masivas persecuciones en contra de los "grupos minoritarios" como los judíos y los leprosos, a quiénes culpaban de haber causado la peste.

EL IMPACTO EN EL ARTE Y EL FOLKLORE

Artísticamente hablando, la peste quedó gravada en el pensamiento cristiano y permanecería durante siglos bajo la forma de una amenaza mortal, tanto en dibujos y grabados como en pinturas o esculturas que representaban la Muerte con esqueletos macabramente irónicos.
Son muy ilustrativos en este sentido los cuadros de Brueghel el Viejo o las ilustraciones de Hans Wieditz para el De Remediis de Petrarca. El folklore popular incorporó las famosas danzas macabras o Danzas de la Muerte , de quienes aún permanece un único y tétrico testimonio, La danza de la Muerte de Verges, a la localidad catalana de Verges .
La “Danza de la Muerte” era una alegoría muy tenebrosa que acostumbraba a representarse cerca de las iglesias durante Semana Santa, con una procesión de esqueletos danzarines que desfilaban bajo una tétrica melodía, con timbales y pasos marcadamente siniestros. La idea del “memento mori” (recuerda que morirás) se hacía omnipresente en dichas procesiones. Los esqueletos simbolizaban una muerte que no respetaba a nadie, ni ricos ni pobres, ni humildes ni poderosos.

Categorías: Arte, Cultura funeraria, Historia


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