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La muerte de Hitler

10-11-2016

Adolf Hitler
Eva Braun y Adolf Hitler se casaron 40 horas antes de su muerte

Adolf Hitler fue jefe del Partido Nazi y Canciller de Alemania entre 1933 y 1945, año en que falleció con 56 años. La relevancia de este personaje en la historia contemporánea universal es de sobra conocida. Aquí nos ocuparemos de las circunstancias de sus últimas horas y de su muerte.

Hitler se traslada a su residencia en el bunker de la Cancillería el 16 de enero de 1945. Desde allí preside un Tercer Reich en plena caída en picado por causa de los avances de los Aliados y por la entrada en Berlín de las fuerzas soviéticas.

En medio de una evidente crisis nerviosa el 22 de abril el canciller confiesa públicamente que la derrota es inminente. Se queda en la estancia con la única compañía de Goebels y Krebs, ha hecho salir al resto del personal. Entra en un estado de histeria durante el cual grita que sus generales le han traicionado y que Alemania ha caído en manos de traidores y cobardes.

El 28 de abril se entera de que Heinrich Himmler intenta negociar en secreto un tratado de paz con la intermediación de la Cruz Roja Internacional. Esto marca el punto de inflexión del desmoronamiento psíquico del líder nazi. Además se entera del la ejecución de Benito Mussolini y jura que no piensa correr la misma suerte.

Comunica que ha decidido suicidarse y para ello pide asesoramiento a su médico Werner Hease. Este le recomienda como método el cianuro combinado con un tiro en la cabeza.
Pasada la medianoche del 29 de abril, contrae nupcias civiles con su compañera Eva Braun. Ejercen como testigos Magda y Joseph Goebbels y la secretaria del canciller, Trandi Junge. La vida matrimonial de la pareja duraría alrededor de 40 horas.
Tras desayunar con Eva, Hitler se reúne con su secretaria y le dicta su testamento y últimas voluntades.

Al amanecer del 30 de abril se despide del equipo médico y se queda contemplando el retrato de Federico el grande de su despacho. Ordena abandonar el bunker al personal no imprescindible y reclama la presencia de Otto Günche y Heinz y Heinz Linge. Les da instrucciones sobre lo que deben hacer con los cuerpos del los recién casados.

Al mediodía Hitler se despide también de sus secretarias y les regala a cada una una cápsula de cianuro. Hace lo mismo con los Goebbels, sin hacer caso de Magda, que intenta hacerle desistir de su propósito suicida.

A primera hora de la tarde, Hitler y su esposa convocan en la sala de mapas a Lunge y Günsche, se despiden de ellos y les hacen salir de la sala. Tras la puerta se oye un único disparo. Los edecanes esperan 15 minutos antes de entrar. Al hacerlo,  perciben el olor a almendras quemadas que indica la presencia de gases de cianuro y encuentran a Hitler doblado sobre su sillón con un disparo en la sien, un hilo de sangre que resbala por su mejilla derecha y una mueca en la boca. La pistola ha caído al lado del pie derecho. Eva Braum está tendida en un sofá a la izquierda del líder. El efecto del cianuro le ha impedido  usar el arma.

Los asistentes suben los cuerpos envueltos en alfombras hasta el patio de la Cancillería del Reich  y los depositan en un agujero producido por un obús. Los rocían con la gasolina que tenían preparada y prenden fuego con una antorcha. La caída de otros obuses les impide esperar la combustión completa. Después los entierran parcialmente.

Aunque el 1 de mayo el almirante Karl Dónitz anuncia oficialmente la muerte de Hitler, Stalin, escéptico, ordena la búsqueda de los restos. Pocos días después son encontrados e identificados por las piezas dentales a partir de datos que facilita un ayudante del dentista del líder. Aún así, Stalin niega oficialmente la certeza de la muerte como estrategia de manipulación política. Se desencadena de este modo una serie de mitos sobre la supervivencia de su enemigo.

En 1946 los restos mortales se entierran en secreto en los jardines del cuartel de la NKVD. Tras la disolución de la Unión Soviética en 1991 se descalifican documentos de la KGB por los que se sabe que los restos se habían destruido en secreto en 1970, quemándolos y arrojando las cenizas al rio Biedetz, afluente del Elba. El objetivo era evitar que un lugar concreto de sepultura se convierta en objeto de culto de neonazis.

Categorías: Historia, Obituarios