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Ritos funrarios de la Antigua Roma

26-01-2013

Mausoleo de Adriano
Mausoleo de Adriano. Actualmente conocido como Castel Sant'Angelo.

RITUALES DE ENTERRAMIENTO

En la Antigua Roma los ritos de entierro son muy similares a los griegos aunque la pompa de las exequias es ampliamente mayor en los romanos. En los primeros tiempos fue más popular la inhumación en la necrópolis, esta fue reemplazada en popularidad por la cremación en el primer y segundo siglo del imperio y luego la inhumación volvió a aparecer cuando aumentó la población cristiana ya más cerca hacia la caída del imperio. Las familias más adineradas contrataban organizadores que se encargaban de armar el cortejo, los cuales se encargaban de traer desde músicos que iban delante de las exequias hasta "lloradores" para mostrar al muerto cómo un ser grande, llorado y reverenciado por otros. Dependiendo de lo ilustre del difunto la exhibición de este al público podía durar hasta una semana. Los músicos que marchaban delante del cortejo lo hacían entonando temas fúnebres. Cuando se trataba de un personaje importante,el cortejo se detenía delante del foro y un familiar cercano pronunciaba una oración frente al carro mortuorio. Como mencionamos, la intención de señalar que continuaba la vida después de la muerte hacía que al difunto se lo saludara como a un ciudadano marchando al exilio y no como a alguien finado. Una vez dada la oración, y en algunos casos el discurso, los familiares se dirigían hacia la pira funeraria -siempre fuera de la ciudad- cargando máscaras de cera y esculturas de sus familiares muertos anteriormente, como si todos estuvieran presentes. Antes de encender el fuego un familiar cercano se acercaba donde el muerto y abría sus ojos para permitirle ver por última vez la luz, luego de esto se cerraban los ojos pronunciando el nombre del difunto para luego depositar una moneda en su boca -con el objetivo de que este pague su viaje al más allá a Caronte, el barquero del Estigia en el inframundo-. Posteriormente seguía el encendido de la pira por los familiares más cercanos y se entonaba una elegía en honor al difunto. El fuego era extinguido con vino -era muy normal que se evitaran mojar las cenizas para que el difunto no vague ebrio por el otro mundo- y las cenizas eran recogidos por los familiares más cercanos, generalmente las madres o los esposos. Lo huesos, aun calientes, eran lavados con vino añejo o leche, una vez frios se depositaban en una urna funeraria llena de flores. Al día siguiente se celebraba un banquete póstumo o fúnebre, en el cual se comía en honor al muerto. Estas comidas luego eran celebradas en aniversarios para conmemorar al difunto. Era normal que los familiares, en constante recordatorio de sus antepasados, visitaran periódicamente las tumbas depositando flores y distintos manjares. 

Los ritos funerarios para los pobres eran muy diferentes, muchas veces eran arrojados como animales en las fosas comunes fuera de las ciudades para dejarlos pudrir, y posteriormente eran incinerados en estas mismas fosas comunes. Estos eran recogidos de las calles de la ciudad en las más congestionadas partes urbanas de Roma y eran llevados por cuatro necroforos en un ataúd de alquiler a la noche. Los necroforos, y generalmente los asociados a la industria de la muerte, debían vivir fuera de la ciudad ya que se creían contaminados. Los romanos asociaban a la muerte con la contaminación, no solo material sino espiritual, es por esta razón que los entierros debían realizarse de noche y fuera de la ciudad. Los necroforos vivían aislados en comunidades fuera de las paredes de la urbe.

Los familiares honraban a sus seres queridos con ofrendas de comida, por ello en las tumbas había tubos de libación (a través de los que se dejaban las ofrendas), cenadores, exedras y pozos Se realizaban ofrendas de huevos, judías, lentejas y vino. El vino se consideraba un sustituto de la sangre y la bebida favorita de los muertos. En ocasiones especiales se sacrificaban animales y se hacía una ofrenda con sangre. La familia romana estaba unida y al fallecer uno de sus miembros pasaba a formar parte de los antepasados a los que había que rendir culto. El espacio del enterramiento, sepulchrum, adquiría el carácter de lugar sagrado, locus religiosus, inamovible, inalienable e inviolable. Solo podían acceder a él los familiares. Las partes externas, la momumenta, sí que se podía transformar y redecorar.


RITUALES FUNERARIOS

Siempre que la muerte lo permitía, el funeral comenzaba en la casa del difunto. La familia acompañaba al moribundo a su lecho para darle el último beso y retener así el alma que se escapaba por su boca. Tras el fallecimiento se le cerraban los ojos y se le llamaba tres veces por su nombre para comprobar que realmente había muerto. A continuación se lavaba el cuerpo se le perfumaba con ungüentos y se le vestía. Los lujos estaban prohibidos por ley pero permitían colocar sobre la cabeza del difunto las coronas que había recibido en vida. Siguiendo la costumbre griega se depositaba junto al cadáver una moneda para que Caronte transportara su alma en barca y atravesar así la laguna Estigia hacia el reino de los muertos. Finalmente el cuerpo del difunto se colocaba sobre una litera con los pies hacia la puerta de entrada, rodeado de flores, símbolo de la fragilidad de la vida y se quemaban perfumes. Según la condición social permanecía expuesto de tres a siete días. En la puerta de la casa se colocaban ramas de abeto o ciprés para avisar a los viandantes de la presencia de un muerto en el interior. Como señal de duelo evitaban encender fuego en la casa. Hasta finales del siglo I, el funeral era celebrado por la noche a la luz de las antorchas, ya que la muerte era un suceso desgraciado y contaminante. A partir de esta fecha comienzan a realizar los ritos por el día, excepto los de los niños, suicidas e indigentes. El transporte a la pira funeraria o a la tumba, se realizaba colocando al difunto en una caja de madera abierta que se colocaba sobre una especie de camilla para transportarla o era llevada a hombros por su familia. Detrás del difunto se situaba el cortejo fúnebre formado por el resto de la familia y sus amigos. A veces se acompañaban de músicos que tocaban trompetas y flautas o de mujeres que expresaban el dolor llorando o golpeándose en el pecho. La humatio, era esencial en el funeral. Consistía en arrojar tierra sobre el cuerpo del difunto o sobre parte de él, según se tratara de una inhumación o una incineración. La tumba se consagraba con el sacrificio de una cerda y una vez construida se llamaba tres veces al alma del difunto para que entrara en la morada que se le había preparado. Durante la ceremonia funeral se realizaba un acto de purificación para las personas que habían estado en contacto con el cadáver. Antes de la sepultura la tumba se purificaba barriéndola o limpiándola y después utilizando agua se limpiaba a las personas que habían asistido al funeral.

Durante los nueve días siguientes al funeral, se realizaban ritos que finalizaban con una comida y el sacrificio de un animal. Los alimentos y la sangre de los animales sacrificados eran ofrecidos a los antepasados del difunto, los dioses Manes, y al individuo fallecido para así divinizar su alma y situarla junto a las divinidades protectoras de la familia. El tiempo de luto para los familiares directos era de diez meses y no podían realizar fiestas ni utilizar adornos. Las atenciones al difunto seguían continuando después de este tiempo para asegurar su descanso eterno. Las ofrendas de comida: pan, vino, frutas, uva, pasteles, etc. y flores como violetas y rosas eran habituales y se hacían llegar al difunto a través de un conducto de cerámica o de un orificio situado en la cubierta de la tumba, el tubo de libaciones. Estos actos eran realizados por la familia el día de cumpleaños del difunto.. Los difuntos eran honrados de forma general los días de Parentalia, que tenían lugar entre los días 13 y 21 de febrero. Otras fiestas dedicadas a los difuntos y más antiguas fueron las Lemurias, celebradas el 9, 11 y 13 de mayo. Durante estos días las almas cuyos cuerpos no habían recibido sepultura rondaban las casas y el padre de familia realizaba un ritual con habas negras para alejar a los espíritus errantes. Los difuntos a los que no se había dado sepultura o celebrado el ritual funerario vagaban errantes sin morada, causando la desgracia a los seres vivos y asustándolos con apariciones nocturnas, hasta que daban sepultura a sus restos y cumplían el ritual funerario. Por ello, incluso a los que morían lejos de la familia y su cuerpo era enterrado en otras tierras, se le celebraba el ritual completo.


INCINERACIÓN

La incineración consistía en reducir el cadáver a cenizas, ya que creían que así el alma podría llegar a su origen, el cielo. La ceremonia se celebraba sobre una pira con forma de altar sobre la que se depositaba el ataúd con el cadáver. Se le habrían los ojos para que simbólicamente pudiera mirar como su alma se dirigía hacia el cielo. Antes de quemar el cadáver se le cortaba un dedo y se arrojaban tres puñados de tierra que simbolizaban su enterramiento. Como símbolo de dolor los familiares y amigos arrojaban sobre la pira ofrendas de alimentos y de perfumes, se le nombraba por última vez y se incendiaba la pira con las antorchas llevadas en el cortejo fúnebre. El rito concluía vertiendo agua y vino sobre la pira. Se despedía a los asistentes y éstos se despedían del difunto deseándole que la tierra le fuera leve (“Sit tibi terra levis”) Cuando la pira se consumía la familia recogían en una tela blanca los huesos calcinados y los enterraban en el mismo lugar de la pira o los depositaban en una vasija que depositaban en un columbario. A finales del siglo II y principios del siglo III las incineraciones fueron sustituidas por las inhumaciones en todo el imperio excepto los enterramientos infantiles que continuaban incinerándolos. Había tres tipos de enterramiento de las cenizas: fosas simples excavadas en el suelo, en cuyo interior se depositaban las cenizas y restos del difunto, la fosa con caja de ladrillo cubierta de mármol en las que se recogían las cenizas directamente o eran alojadas en una urna.


EPITAFIOS

Eran llamados epitafios a las tumbas en las que se inscribía la identidad del difunto, generalmente señalaban su nombre y fecha de nacimiento y quién fue el que pagó por la tumba y que relación familiar tenían con el difunto. En ocasiones los epitafios contenían los logros en vida del habitante de la tumba hasta mensajes a sus visitantes.

TUMBAS Y SARCÓFAGOS

Las tumbas podían contener urnas, con las cenizas del difunto, o sarcófagos -devoradores de la carne, del griego- con el cuerpo de este. Ambas, urnas y sarcófagos, estaban adornadas con bajo relieves de diferentes escenas mitológicas, de la vida cotidiana, y hasta planteos filosóficos o políticos directamente relacionados con los gustos y preferencias del muerto. Estas urnas y sarcófagos podían estar construidas de metales preciosos o mármol, dependiendo del nivel económico de la familia del difunto. Estas estelas con escenas de la vida cotidiana y escenas mitológicas estaban apuntadas a enfocar el significado de la inmortalidad del alma y el paso de la vida terrenal a la vida después de la muerte. Más allá de las tumbas comunes estaban las tumbas colosales, monumentos que expresan la genialidad de la creación humana en todas sus perspectivas. Estos varían mucho nos encontramos desde el imponente mausoleo de Adriano "el arquitecto del mundo", una fortaleza lujosa que resistió guerras y vio invasiones como pocas otras estructuras, después del coliseo era la estructura más imponente de Roma; tumbas como la de la esposa de Craso, Cecilia Metelo, con un diámetro de decenas de metros y revestida en travertino; la Columna de Trajano, un monumento colosal de 40 metros de altura cuya creación fue la de ponerlo más cerca de los dioses en su morada final.

 

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